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Tren de Algeciras: crónica de un viaje incierto

Qué incauta. Para mis últimas vacaciones compré un billete de tren de Algeciras a Madrid. Y también el de vuelta. Lo mejor es que lo hice a sabiendas de desconocer si llegaría a tiempo. Porque los titulares sobre retrasos e incomodidades para los viajeros se leen casi a diario. Parece que me gusta el riesgo. O que el azar es lo mío. Porque, querido lector del blog de Araceli, eso es subirte al tren de Algeciras a Madrid: una lotería.Tren de Algeciras: crónica de un viaje incierto

Salí de Algeciras en el tren de las 8:43 horas con el objetivo de anotar toda incidencia que me encontrara. Porque, para ser sincera, escribir esta crónica se me ocurrió cuando decidí que este año las vacaciones, que me gustan en otoño por aquello de viajar más cómodamente, las pasaría en la Meseta. Así que me coloqué en mi asiento de aquel coche viejo de turista con apenas seis u ocho viajeros más, cogí los auricularcillos y me puse a esperar acontecimientos.

Creo que me dormí con el traqueteo de los 80 kilómetros por hora y el solecillo que entraba por la ventana. Porque después de la estación de San Roque-La Línea lo siguiente que apunté en las notas de mi móvil fue la megafonía que informaba sobre la llegada más o menos puntual a Ronda.

Nada, no había noticia. Yo, que iba dispuesta a afilar la pluma, me iba a quedar con las ganas. Pero el tren se paró. Digo. Lo hizo en una finca de lo que me parecían olivos después de Almargen. La estampa era bonita. Y se oyeron varios «ya no, ¿no?» entre unos viajeros que, como yo, sabían que si habías osado subirte al tren de Algeciras probablemente no llegaras a tiempo a tu destino.

Hubo otro sustillo, pero este entre quienes no se acuerdan de que el tren de Algeciras transita todavía sobre una vía de ancho ibérico que no está electrificada. Estábamos en el intercambiador de Bobadilla para entrar en el ancho internacional, y así lo explicó la megafonía, para tranquilidad de quienes desconfiaban aún del comentario previo de los viajeros más viajados en el Altaria. Hubo un tiempo en el que ahí se cambiaba incluso de máquina, pero la verdad es que no he podido confirmar si aún es necesario.

Así entramos en los 200 kilómetros por hora que nos llevaron rumbo a Córdoba y a Madrid y sin más incidencias que anotar.

¿Y la vuelta?

El retraso llegó a la vuelta. Llegué a Atocha en metro, con mi maletón de una semana fuera y la mochila cargada de bolas cual glóbulo rojo de Érase una vez la vida. Porque no sé si he contado que ya paso de las tazas (circunstancialmente, eso sí, por falta de espacio) y ya mis souvenires son bolas de Navidad. Ya sea mayo u octubre, yo las busco. Y si hay variedad no sé elegir. Esto ya es vicio…

Total, que con mi mochila cargada de tesoritos bajo a la planta desde la que sale el tren de Algeciras. Y busco, pero todos los pocos asientos que hay están pillados. Va llegando la hora de salida, 15:05. La gente se arremolina alrededor de la pantalla en busca de información sobre la vía. Y ponen la de un tren posterior. Mala señal.

A las 14:56 llegan los avisos. «El Altaria 90330 con salida a las 15:05. Oportunamente se indicará la vía y hora de salida. Rogamos disculpen las molestias». Ole. Oportunamente. Me hizo gracia el adverbio, que quiere decir: en el momento u ocasión oportunos. O sea: cuando se pueda.

Lo sorprendente es que, en vez de cundir el pánico y surgir las quejas, lo que hicimos fue sacar bocatas. Pero no solo yo, juro que vi a varias personas que viajarían en el momento oportuno como yo. Por si el momento oportuno llegaba demasiado tarde y no los podíamos comer sentados. Porque era la hora y porque asientos tampoco había.

Perdí la cuenta de las veces que oí ese «oportunamente» que lo único que confirmaba era que el tren de Algeciras a Madrid no había llegado aún. A eso de las 15:28, los allí presentes con billete a Algeciras se pusieron en cola en la puerta de la vía 12, sin oír el preceptivo y oportuno mensaje, y comenzaron a validar sus billetes. Como donde fueres, haz lo que vieres, y parecía que aquella gente tenía experiencia, me puse en la cola y me subí al tren de la vía 12. Salió a las 15:33. No sé si avisaron oportunamente, la verdad.

Lo que sí hizo el tren es apartarse en La Sagra para que pasara otro tren a toda velocidad. Y a mí se me cayó una lagrimita de ocio y envidia insana hacia quienes tienen un tren en condiciones y hacia quienes nos mantienen así en el Campo de Gibraltar.

Mi crónica termina en Algeciras, con el oportuno retraso de media hora. Así que ya ves, querido lector del blog de Araceli. Yo que buscaba acción, al final la entrada me ha quedado un poco insulsa. Si hubiera ido en el tren del viernes 25 de octubre, que llegó con cuatro horas de retraso, la historia hubiera sido otra.

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Comments 1

  1. Gracias Araceli, y ¡enhorabuena! Perfecta descripción y mesurada reflexión moderando los calificativos respecto al esperpento que representan las comunicaciones ferroviarias con el Campo de Gibraltar.

    Es una afrenta en la línea de flotación de la Ciudadanía de la Comarca. Tu apuesta y tu desparpajo en la exposición dejan en evidencia la falta de COMPROMISO de los campogibraltareños que llevan ya casi 130 años soportanto este trato lesivo, injusto e innecesario por parte del Gobierno de España.
    A este paso, en 2035 seguiremos igual.

    Un saludo

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